EDITORIAL MADRE NUTRICIA

Las catedrales y las universidades son los íconos más representativos en las ciudades, no importan los tiempos o espacios en que estos se hayan creado; ciencia y religión son las columnas que sostienen las superestructuras de las sociedades. El conocimiento y la religiosidad es la forma de expresarle el ser humano cuando se identifican las más completas abstracciones. En este marco introductorio estamos dignificando el significado de nuestra Universidad de Guayaquil posesionada físicamente en una construcción cuya arquitecturaobedece a una expresión de arte que se conjuga con varias escuelasarquitectónicas obedeciendo a unsentido de eclectisismo y por supuesto de una expresión filosófica que explica la categoría más alta del pensamiento humano, así como el  renacer de un saber reflexivo y racionalista que permitió despejar los mantos obscurantistas que en algún momento trataron de opacar el libre flujo del pensamiento y la coartación de las acciones que nacen de esos pensamientos convertidos en praxis ideológica. La Universidad de Guayaquil físicamente creada con esta edificación a la que llamamos con la castellana expresión de Casona Universitaria. Desde su fundación entre encuentros y decretos se estableció como momento necesario de un centro de profesionalización que elimine el largo espacio que debió de recorrerse entre Quito, Lima, Bogotá y la misma Península, donde habrían de acudir los jóvenes vocacionados que querían recibir el diploma y título de profesionistas. Enclavada en este espacio cercano al río, que tantas oportunidades nos brindó como medio de comunicación y marco de encuentros, glorias, esperanzas y tragedias han devenido. Guayaquil, su región litoral y el país, cuenta con un centro de educación superior que va entregando los títulos y honores a quienes terminen sus estudios, la sociedad fue creándose orgullosa de sus primerosgraduados, médicos, abogados o ingenieros que pusieron sus saberes y conocimientos a quien lo necesitare o solicitare, más entre muchos de los graduados los constructores de las nuevas ciencias, tecnologías y aportes teóricos para aplicar la jurisprudencia, las letras y asumir la responsabilidad política cuando esto fue menester. La ciudad creció y la universidad se obligó a la ampliación de su sede y se inició en la década del cincuenta la construcción de sobrias edificaciones, ahora bañadas por el estero, entrada fluvial del Mar Pacífico. Jurisprudencia, Filosofía, Economía, Arquitectura, Administración, Ingenierías, Psicología y las Unidades Académicas de las Ciencias para la Salud, nombres coloquiales con los que cada facultad ha sido reconocida. Aún los espacios van convirtiéndose en pequeños y la Universidad de Guayaquil busca más extensiones físicas, siempre en los márgenes de la ciudad, para ir albergando más construcciones y permitir que entre demandas y ofertas los espacios físicos sean coherentes con los profesionales y académicos, y por sobre todo que produzcan las satisfacciones a quienes piden abrigo en cada unidad y centro académico. Sin pretenderlo, sin buscar artificiosas promociones que acostumbran los publicistas y estudiosos del mercadeo; sin restricciones de orden económico, político, religioso o de caracterizaciones raciales la Universidad de Guayaquil fue penetrando en el espíritu de la sociedad y convirtiéndose en Alma Mater, Madre Nutricia que por su existencia entrega saberes a quien lo solicite y está presta a servir a su ciudad, región, país o a cualquier sector de la sociedad, poniendo a disposición su infraestructura y laboratorios, sus aulas y talleres y por supuesto sus graduados que por centenares se han ubicado como líderes y conductores o cuando no, como constructores de la nueva sociedad. Hay en el espíritu de cada guayaquileño, de cada costeño un sentido de honor y de grandeza cuando menciona la palabra Universidad elevada retóricamente por los tiempos y espacios como una llama eterna y como tal fuego eterno que jamás se apagará. Que Guayaquil y la Patria, que el pueblo siga defendiendo su institución convertida en más de un siglo de camino, en patrimonio corporal y material y que nosotros poseamos la fuerza para entregar nuestra acción y vida cuando a ella se la intente mancillar sigamos el ejemplo de los héroes y mártires que encontraron la gloria cuando la Universidad, la sempiterna Universidad así lo requirió.